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Estrés y dolor muscular

Durante los últimos años el estrés es un tema que aparece recurrentemente en nuestras conversaciones, muchas veces me ha dado la impresión que la sociedad en conjunto vive permanentemente en estrés. Incluso, en algunas ocasiones se señala como causa de dolencias y enfermedades cuando no se ha dado con una causa específica de éstas.

En mi trabajo muchas veces las personas suelen referir que la causa de sus dolores musculares es el estrés, pero, ¿qué es el estrés, y cómo puede generar dolor muscular?.

Desde la fisiología, es estrés es un estado del organismo en el cual se está preparado para dar una respuesta de huída o lucha frente a una situación que es interpretada como un peligro. Este estado activa una serie de reacciones fisiológicas y conductuales que permiten al individuo responder a lo que causa el estrés de la manera más adaptada posible.

Se ha descrito la respuesta del organismo al estrés mediante el «Síndrome de adaptación general» (H. Selye) en tres fases:

  1. Fase de alarma: frente a una eventual situación de peligro, el sistema nervioso estimula la producción  de la hormona adrenalina, cuyo objetivo es administrar energía al organismo para la «huida» o «lucha»; ocurrirá un aumento de la frecuencia cardíaca, vasodilatación, aumento del estado de alerta, entre otros.
  2. Fase de resistencia: cuando el estrés persiste, se estimula la producción de la hormona cortizol, la cual permite mantener el nivel de glucosa sanguíneo constante para nutrir los músculos, el corazón o el cerebro.
  3. Fase de agotamiento: si la situación persiste, se produce una alteración hormonal crónica, en la cual las hormonas son menos eficaces y comienzan a acumularse en la circulación, lo cual generará un impacto negativo sobre la salud, tanto sobre las condiciones orgánicas, como en las condiciones psíquicas.

En palabras muy sencillas, podemos describir el estrés con la siguiente situación hipotética: nos encontramos en medio de la sabana y de pronto aparece un león frente nuestro; la respuesta sería la lucha, en caso que tuviéramos, por ejemplo, un arma con la cual atacar al león, o la huida, en caso que no tuviéramos armas para defendernos. En este caso se activa la fase de alarma, aumentará nuestra frecuencia cardíaca, estaremos más alerta y mediante la vasodilatación, la circulación sanguínea se redirigirá fundamentalmente a la musculatura de las piernas para escapar, y en general, se pondrá en tensión la musculatura de todo el cuerpo para moverse de manera rápida. Si logramos escapar o matar al león acaba la fase de alarma y nuestro cuerpo poco a poco vuelve a la normalidad. Hay situaciones en las cuales no existe un león real, pero que nosotros interpretamos como potencialmente peligrosas, como por ejemplo, la pérdida de un trabajo, deudas económicas o la enfermedad de un familiar cercano. En estos casos, no vemos directamente el peligro (el león), pero interpretamos que la situación pone en peligro nuestra estabilidad y equilibrio; en definitiva, nuestro cuerpo puede entrar en fase de resistencia o agotamiento, por lo cual, nuestro cuerpo estará permanentemente preparado para huir o luchar.

El que nuestro organismo esté permanentemente preparado para huir o luchar implica que la musculatura de nuestro cuerpo esté en permanente estado de tensión para ser capaces de dar una respuesta rápida a través del movimiento. La contracción mantenida en el tiempo de nuestra musculatura, sin adecuados periodos de relajación y descanso, traerá consecuencias en las células musculares, que tanto mecánica como bioquímicamente quedarán más expuestas a estados de fatiga, con el consecuente peligro de ruptura de fibras musculares. Cuando se rompen fibras musculares lo que se genera en el músculo es una herida, iniciando un proceso inflamatorio que tiene por objetivo reparar el tejido dañado, y que se caracteriza por la aparición de dolor. Asimismo, como respuesta protectora a esta herida, las fibras musculares que se encuentran alrededor de la herida se contraen intensamente, produciendo lo que se conoce como contractura muscular, así la herida queda inmovilizada por las fibras musculares circundantes y disminuye la posibilidad que la herida se agrande. Las contracturas musculares a su vez, pueden ser tan intensas que «atrapen» o produzcan un pinzamiento de una fibra nerviosa, lo cual además de generar dolor, puede provocar hormigueo, entumecimiento o debilidad muscular.

En definitiva, el estrés puede traer consecuencias negativas en la salud en general y como hemos visto en nuestra musculatura; es en parte por esto que muchas personas padecen dolor crónico o persistente a pesar que no realizan actividad física o laboral que implique un sobre-esfuerzo físico. Por lo tanto, para mantener un buen estado de salud es fundamental saber lidiar con aquellas situaciones que nos sacan de nuestro equilibrio. Muchas veces nuestra interpretación de los posibles riesgos de una situación es mucho mayor que el peligro real.

El manejo del estrés da para otro texto, mientras tanto, te invito a conectar con el presente y con tu respiración, es un buen punto de partida.

 

Bibliografía:

Duval, Fabrice, González, Félix, & Rabia, Hassen. (2010). Neurobiología del estrés. Revista chilena de neuro-psiquiatría48(4), 307-318. https://dx.doi.org/10.4067/S0717-92272010000500006

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