Hay una forma de mirar el cuerpo que cambia bastante la interpretación de casi todo: el dolor, la fatiga, el rendimiento, incluso la sensación de “no poder con más”. No tiene que ver con el síntoma en sí, sino con el estado en el que está funcionando el sistema en ese momento.
Porque el organismo no opera en términos de “hacer más o menos”, sino en términos de cómo gestiona la energía. Y aquí hay un matiz importante: no basta con tener energía disponible, lo relevante es poder transformarla y utilizarla con un coste asumible.
Desde el Principio de Resistencia Energética (PRE), esto se puede entender a través de dos ideas simples: potencial y flujo. El potencial energético hace referencia a la disponibilidad: lo que hay. El flujo, en cambio, tiene que ver con la capacidad de esa energía para moverse, transformarse y sostener procesos. Entre ambos aparece la resistencia. La resistencia no es algo negativo en sí mismo. De hecho, es necesaria. Sin resistencia no hay transformación. Pero cuando esa resistencia aumenta más de lo que el sistema puede manejar, el flujo se vuelve ineficiente.
Y aquí aparece una confusión habitual: más disponibilidad no siempre significa mejor funcionamiento. De hecho, en algunos casos puede ocurrir lo contrario. Por ejemplo, una ingesta muy elevada puede aumentar el potencial energético, pero si el sistema no puede procesarlo de forma eficiente, lo que aumenta no es el rendimiento, sino la resistencia. Lo mismo ocurre con otros factores: inflamación de bajo grado, falta de sueño, estrés sostenido o una carga de entrenamiento mal ajustada.
En todos estos casos, el denominador común no es la falta de energía, sino la dificultad para gestionarla.
Cuando hablamos de que “aumenta el coste”, nos referimos precisamente a esto: al esfuerzo que el sistema tiene que hacer para producir la misma respuesta. Es decir, para generar una determinada cantidad de energía útil o para sostener una función concreta, necesita movilizar más recursos, activar más vías o generar más subproductos. El resultado es que lo que antes era fácil o neutro empieza a percibirse como exigente.
Desde aquí, un estado adaptativo no es un estado ideal, sino un estado funcional. Es aquel en el que el sistema puede transformar energía, responder a la demanda y recuperarse sin que ese coste se dispare. Hay variabilidad, hay estrés, pero hay margen. Y ese margen es lo que permite repetir, sostener y progresar.
En cambio, un estado desadaptativo aparece cuando ese margen se reduce. No porque el cuerpo falle, sino porque ajusta su funcionamiento. Cuando la resistencia es alta y el coste de operar en condiciones normales supera lo asumible, el sistema cambia de estrategia. Reduce la capacidad de respuesta, limita procesos que no son prioritarios y aumenta señales que invitan a frenar.
A nivel celular, esto se puede entender como una respuesta al peligro. No necesariamente a un peligro evidente, sino a una situación en la que la relación entre demanda y capacidad deja de ser sostenible. En ese contexto, la célula prioriza la protección sobre la eficiencia: disminuye procesos de alta demanda energética y favorece estados más conservadores. Esto puede implicar menor producción energética eficiente y mayor activación de señales inflamatorias o de alerta.
Desde fuera, esto se traduce en lo que solemos llamar síntomas: fatiga, dolor, falta de claridad mental, peor tolerancia al esfuerzo o sensación de no recuperación. Pero el síntoma no es el problema en sí mismo. Es la expresión de ese cambio de estado.
Esto se ve con bastante claridad en el entrenamiento. El mismo estímulo, aplicado en dos momentos distintos, puede tener efectos opuestos. No porque el entrenamiento sea bueno o malo en sí mismo, sino porque el sistema en el que se aplica no es el mismo. Cuando el flujo es eficiente y el coste está contenido, el estímulo se integra y genera adaptación. Cuando la resistencia es alta, ese mismo estímulo puede aumentar aún más el coste y, con ello, la desadaptación.
Por eso la variable clave no es solo qué haces, sino desde qué estado lo haces. Esto no implica dejar de entrenar o moverse, sino ajustar el tipo de estímulo a la capacidad real del sistema en ese momento. A veces será un trabajo exigente. Otras veces, un estímulo más simple o incluso únicamente movimiento que facilite el flujo sin añadir carga.
Desde esta perspectiva, la fatiga, el dolor o la falta de energía dejan de ser obstáculos que hay que eliminar y pasan a ser información. Indican que el sistema está funcionando en un contexto en el que la resistencia es más alta y la eficiencia menor. La intervención, entonces, no debería centrarse en silenciar esa señal, sino en modificar las condiciones que la están generando.
Esto cambia la relación con el propio cuerpo. No porque todo se vuelva más fácil, sino porque se vuelve más legible. La pregunta deja de ser “qué me pasa” para convertirse en “en qué estado estoy funcionando y qué puede sostener ese estado ahora mismo”.
Y, a partir de ahí, las decisiones empiezan a ser más ajustadas. No más intensas, no más constantes, sino más coherentes con la capacidad real del sistema en cada momento.
Porque el objetivo no es forzar una respuesta, sino recuperar la capacidad de responder con un coste asumible. Y eso, en última instancia, es lo que define que un sistema vuelva a ser adaptativo.
Referencias
Martin Picard & McEwen, B. S. (2018). Psychobiology of mitochondrial function. Nature Reviews Neuroscience, 19(4), 223–235.
Robert K. Naviaux (2014). Metabolic features of the cell danger response. Mitochondrion, 16, 7–17.
Bruce McEwen (1998). Protective and damaging effects of stress mediators. New England Journal of Medicine, 338(3), 171–179.
Dantzer, R., O’Connor, J. C., Freund, G. G., Johnson, R. W., & Kelley, K. W. (2008). From inflammation to sickness behavior: when the immune system subjugates the brain. Nature Reviews Neuroscience, 9(1), 46–56.